Mi alumno Alberto

Hace cuatro años tuve como alumno a Alberto Masegosa Rodriguez. Hoy ha fallecido. Tenía 22 años.

Él y otros 54 estudiantes entraron en el aula Q-12 en septiembre de 2013, recién matriculados en el grado de Químicas y sin saber bien qué se iban a encontrar. Allí estaba yo, listo para mi primera clase con ellos. Comencé con los preliminares: cuáles serían las normas, qué íbamos a hacer a lo largo del curso, cuáles serían los criterios de calificación. La rutina de siempre.

Durante un semestre fueron mi tarea, mi prioridad, mi responsabilidad. Llegaron los exámenes y las notas. Alberto fue uno de los mejores. Un sobresaliente alto en el examen teórico, unas prácticas de laboratorio casi perfectas, un trabajo de seminario en equipo muy bien trabajado (los alumnos, que se evalúan unos a otros, estuvieron de acuerdo). Puede que lo tenga en vídeo porque suelo subir las presentaciones del seminario; quizá salga aquí, aquí o aquí. No lo sé y no quiero comprobarlo. Sí sé cuál fue su nota final: 9,87. Redondeado a diez. Sobresaliente con matrícula de honor.

Después de eso no volví a ver a Alberto. Siguió su camino, y si mi memoria de pez para las caras me traiciona de un día para otro, no digamos de hace cuatro años. No recuerdo su rostro, ni tampoco el de ninguno de sus compañeros, y si ellos se acuerdan de mí será acaso por ser el tío ese de física que ponía películas en clase. Quizá en los cursos superiores, cuando quizá algún alumno se convierta en doctorando o colega de profesión, la relación profesor-alumno se haga más personal, pero en mi aula de primer curso no pasan esas cosas. Allí los desbrozamos y los pasamos al curso siguiente, como un sargento instructor que le da la instrucción básica a los reclutas recién llegados.

No supe más de Alberto hasta hoy. A mediodía, un correo de la Universidad informó de que Alberto Masegosa Rodriguez, alumno del grado de Químicas de la Facultad de Ciencias, había fallecido. No conozco las circunstancias, salvo que al parecer se trató de un accidente de tráfico. Sé, gracias a una breve búsqueda en Google, que en 2016 hizo un trabajo de fin de grado titulado “Hacia moléculas iman de alta temperatura multifuncionales”; que en mayo pasado participó en la final del Torneo de Divulgación Carbono; que era portero de fútbol en formación; que en su pueblo, Castilléjar, le echan de menos.

No es la primera vez que fallece alguien ligado a mi Universidad, ni será tampoco la última. Habitualmente suele tratarse de personas mayores como profesores jubilados o padres de algún miembro del PAS. Más raramente se trata de un alumno. Esta vez ha sido uno de los míos. No era sólo una cara, aunque yo no la recuerde, ni tampoco una nota, aunque era extraordinaria. Era una persona preparada para despegar, alguien que siente el mundo a sus pies y para quien las posibilidades siguen siendo ilimitadas. Ya no está con nosotros.

Mañana miércoles, a las once de la mañana, otra hornada de futuros químicos entrará por las viejas puertas del aula Q-12, se sentarán y se preguntarán cómo será el nuevo profesor y si será muy duro con ellos. Mi hijo menor, alumno de primer curso en ingeniería, estará mientras tanto en el edificio de enfrente, haciéndose las mismas preguntas frente a sus nuevos profesores. Todos esos chicos y chicas se enfrentarán a nuevos retos, se esforzarán por dar la talla, sufrirán, se equivocarán, triunfarán, caerán, volverán a levantarse.

Igual que hizo Alberto, mi antiguo alumno.

2 thoughts on “Mi alumno Alberto

  1. Gracias maestro.
    la vida misma es el gran estudio, y nadie entiende ni las preguntas, ni las respuestas,
    ni siquiera la duración de los cursos, todo individual y al tiempo colectivo…
    todos somos maestros aprendices, y por más que la muerte nace con la vida,
    la prueba más dura es precisamente esa: morir, y más aún asistir al entierro de otros
    seres queridos. Ya a duras penas vamos aceptando que con la edad… la enfermedad
    a veces la muerte sea un alivio. Pero… estos casos, así, tan a lo bruto, tan sin razón…
    son fuerzas telúricas que estremecen todo cimiento, ahí… la impotencia, la tristeza, y hasta la rabia paralizan, abruman, y nos dejan sentir eso que a veces dicen en los pueblos: no somos nadie…
    Y aún así, tenemos que aprender que cada momento es valioso, que en esta ley todos somos iguales, y compartimos la misma incertidumbre, que tal vez somos más que carne y hueso, que tal vez, y así deseo pensar… la vida es un simple paseillo entre más vidas.
    Un abrazo, y felicitaciones por esa forma hermosa de recibir a los alumnos, y hasta de despedirles.
    Con cariño,
    Arcoiris.

  2. Amables palabras Profesor. Es reconfortante saber que el alumno ha dejado huella.
    Creo que lo más grande que podía hacer por la memoria de Alberto es solicitar al Rectorado que los Servicios Jurídicos de la UGR se personen como acusación particular y se haga justicia, de forma que se genere prevención general con una condena ejemplar a los culpables de los presuntos homicidios.

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