Problemillas con el portátil

Moss y ordenador portátil
Sí, ya he probado a apagarlo y volverlo a encender

[Con este post inauguro una serie de “repesca” de artículos relativos a temas docentes y que escribí en el pasado en otros blogs. Así podréis disfrutarlos todos juntos]

Uno de los problemas que tenemos en mi Universidad (aunque imagino que no sólo en la mía) se refiere a la compra de ordenadores. El problema es sencillo: no podemos comprarlos.

Yo necesité uno hace tiempo. Tenía dinero de un proyecto de innovación docente, necesidad de un ordenador, autoridad para pedirlo. Pues no podía comprarlo. Y conste que la culpa no era de los que soltaban la pasta. Ellos estaban encantados con que me gastase el dinero en lo que me diera la gana, pero necesitaban  justificación por escrito. Tuve que solicitar una autorización especial, explicar por qué no podía vivir sin un ordenador nuevo, y aun así, seguro que el interventor frunció el ceño cuando firmó la aprobación.

En cierta ocasión tuve un problema especialmente raro con esto de los ordenadores. Un portátil, comprado con fondos universitarios, comenzó a darme problemas. En teoría, podía enviarlo a arreglar y cargar los gastos, pero ¿a quién? La asignación presupuestaria con la que lo compré se cerró hace años. Un día, nos avisaron a algunos profesores que se había asignado una cantidad económica para ayudarnos con los planes de estudios nuevos. A día de hoy desconozco quién soltó la pasta, y la verdad es que no me importó una higa: dijeron que nos gastáramos el dinero, lo hicimos, enviamos al jefazo las facturas y punto. No es el tipo de regalos que te hacen todos los días, pero cuando te toca no vas a decir que no, ¿verdad?

El caso es que yo tenía un ordenador estropeado, y legalmente no podía repararlo (bueno, sí que podía, pero de mi propio bolsillo, y eso no mola). Aquí es donde entra mi proveedor, que a efectos de este blog denominaré con el nombre código de Papá Noel. Imagino que habréis oído historias de proveedores de material que, haciendo trampas y untando manos, se forran a costa del dinero público. Bueno, hay de todo por esas viñas, pero yo no he visto nunca nada de eso por mi despacho. Los proveedores con los que yo trato son el tipo de gente que nos permite cosas como recibir ahora el material y pagarlo dentro de seis meses, cambiar unos conceptos por otros, devolver algo fuera de plazo, ese tipo de pequeños detalles que tanto nos facilitan el trabajo. Tragan con todo y aceptan cobrar tarde, mal y nunca; a cambio, se aseguran un cliente grande que, de un modo u otro, acabará pagando.

De modo que, cuando llamé a Papá Noel y le expliqué el problema, me dijo que no problemo, ellos se llevarían el portátil y lo arreglarían. Casualmente acababan de arreglarme el PC, así que combinarían ambas facturas. Sí, el arreglo de ese ordenador sí podía justificarlo; locuras de la burocracia. El caso es que un día llega el experto informático de la empresa de Papá Noel. Este experto, al que llamaremos Chip, cogió el portátil y se lo llevó.

Dos semanas después, Chip me llamó por teléfono. Para entender lo que viene a continuación, debo explicarles en qué consistía el fallo del portátil. En ocasiones la pantalla se llenaba de rayas de color, que desaparecían cuando presionabas los laterales del teclado. Quizá algún cable suelto, quién sabe. Pues Chip me llamó y me dijo algo así como:

Oye Arturo, he estado mirando el portátil. No le he encontrado de momento el fallo, pero voy a seguir haciendo pruebas. Puede que sea un problema de los drivers, pero por si no lo fuera, ¿me das permiso para formatear el disco duro si hace falta?

¿Drivers? ¿Formatear? Yo no soy informático profesional, pero llevo la tira de años usando ordenadores, y hasta yo sé que si un problema se soluciona dándole un porrazo con la mano al ordenador tiene que ser algo de hardware, no de software (de hecho, ahora que pienso, creo una buena distinción entre software y hardware es justamente esta: hardware es lo que puedes patear, y software lo que no). Le dije a Chip, intentando que no pareciese que lo estaba llamando tonto, que en mi opinión era un asunto de hardware, y finalmente me dijo:

Sí, vale, entonces voy a tener que abrirlo y ver si algo se ha soltado, una soldadura o algún cable. Ya te avisaré

Genial. El tío tardó dos semanas en darse cuenta que, para resolver un problema de hardware, hay que abrir el cacharro. Lo dejé trabajando y seguí con lo mío. Era la Semana Burocrática del Corte Inglés, estaba de papeleo hasta el cuello y no tenía tiempo para tonterías.

La Semana Burocrática se convirtió en dos, luego vinieron unos días de vacaciones, y a la vuelta recordé el asunto del portátil. Llamé a Chip y éste me explicó que, en efecto, ya había abierto el cacharro. Menos mal, pensé, al menos sabe usar el destornillador. Por lo visto, su examen consistió en echar un vistazo, ver que no hay ningún cable suelto y poco más. Su decisión experta fue esta:

Voy a enviárselo al servicio técnico oficial, y ya te cuento con lo que me digan. Mejor que lo hagan ellos, porque si no, voy a tener que seguir quitando tornillos, y no sé qué voy a encontrar”

Vaaaale. Hubiéramos empezado por ahí. Unos días más de espera. Finalmente, llamé a PapáNoel y le pregunté qué pasó con el tema del portátil. Antes de que me respondiera, casualidades de la vida, me volvió a llamar Chip:

Mira, que me han dicho los del servicio oficial que probablemente sea la placa, alguna conexión o soldadura suelta que tenga (imagino que se refiere a la placa donde va el chip gráfico). Tengo aquí un portátil de otro cliente, voy a probar si su placa vale en el tuyo, y te cuento”

Me quedé de piedra. Si este tío destripa el ordenador de otro cliente para arreglarme el mío ¿qué no estaría dispuesto a hacerle a mi pobre portátil? Me encomendé a Santa Tecla y confié en lo mejor. Finalmente, mientras estaba en una sesión de prácticas, me sonó el móvil. Bueno, más bien me vibró, que soy un profesional. Dejé a los otros compañeros al mando y salí al pasillo. Allí, Chip me dio su veredicto:

No he arreglarlo, creo que se trata de la pantalla del portátil. Probablemente habrá que cambiarla entera. Eso puede salir por unos 100-150 euros. ¿Qué hacemos?

Reprimí mis deseos de arrojarlo a una picadora industrial (a Chip, no al portátil), y consideré mis opciones. El portátil tenía ya sus añitos, y solamente lo usaba para tareas no esenciales. El problema de hardware era molesto, pero solamente sucedía de vez en cuanto. Arreglarlo me costaría la cuarta parte de lo que costó, y aunque me quedaba algo de presupuesto, prefería usarlo para cosas más útiles. Decidí que no valía la pena. A los dos días, Chip me devolvió el portátil.

¿Y saben lo más divertido? El portátil decidió portarse bien y siguió funcionando perfectamente durante los cuatro años siguientes, con alguna que otra recaída ocasional que un par de golpes conseguían resolver a la perfección. El coleguilla decidió portarse bien, quizá por mis amenazas veladas tipo “pórtate bien, o si no vendrá Chip y se te llevará.” Pasó el tiempo, se quedó obsoleto y finalmente murió.

Su sucesor fue un Sony Vaio i7. Cuando lo anunciaron llevaba instalado Windows Vista, y como regalo traía un disco de “desactualización” para pasarlo a Windows XP. Sí, Vista era así de malo. Afortunadamente para cuando lo compré ya lo enviaban con Windows 7 instalado. Sigue funcionando de maravilla a pesar de tener ya siete añitos, pero últimamente me hace cosas raras como reiniciarse de cuando en cuando.

De momento no me da problemas. Mejor para él. No quiero ponerme duro y tener que amenazarle con llamar a Chip. Hay algunas cosas que un ordenador portátil no debería conocer.

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