Este laboratorio es una ruina

Y encima, la silla estaba a estrenar

El laboratorio de Física General 2 es el más grande que tenemos en el Departamento. Probablemente pasé por allí como estudiante, y ahora que soy su coordinador tengo la responsabilidad de mantenerlo lo mejor que puedo. Y no siempre es fácil. No me quejo, lo escogí la tarea.

FG2 es un laboratorio grande y que requiere cuidados constantes. Las ventanas son de vidrio único y marco de metal, y como cierran fatal las enredaderas del patio entran por los resquicios. Podéis imaginaros el sumidero de calor que eso representa. Algunas de las prácticas, aunque funcionan bien, son muy viejas (una de ellas parece como si la hubiese usado Ramón y Cajal en su época de estudiante), los armarios son antiguos y de estilos dispares, el pequeño congelador donde se guardaba el hielo para las prácticas de termo es prehistórico tirando a jurásico; a poca distancia, en una esquina del techo tuvimos un recalo el año pasado, y como resultado un banco del laboratorio no puede usar su toma de corriente so pena de provocar un corte de luz en la planta baja de Físicas.

Y ahora pasa esto:

Ese es el panorama que me encontré el pasado viernes cuando entré a revisar el laboratorio. Quería echarle un último vistazo antes de comenzar las prácticas, y menuda sorpresa me llevé. No sé cuándo cayó el fluorescente, pero probablemente llevaba cuarenta años haciendo su labor así que no puedo reprochárselo. Eso sí, menuda sorpresa me llevé.

Afortunadamente, y esto quiero dejarlo claro, no estamos en un caso de “desastre anunciado al que nadie quiso prestar atención hasta que sucedió lo inevitable”. Me consta que tanto la Universidad como el Departamento han hecho todo lo posible por mejorar las condiciones del laboratorio. En los últimos años le hicieron una limpieza a los bancos de trabajo que daba alegría verlos; bueno, siguen igual de viejos que siempre pero ahora están brillantes y parecen nuevos. El año pasado usamos el remanente económico del Departamento para comprar banquetas nuevas, y hace tan sólo unos días acordamos gastar el remanente de este año para (ironías de la vida) cambiar los fluorescentes por luces LED.

Por mi parte no me dormí en los laureles. Soy de esos a los que les gusta dejar un lugar mejor que como lo encontró, y precisamente me hice coordinador del laboratorio para mejorar su estado. Me pareció algo lógico, ya que llevo mucho tiempo haciendo las prácticas allí con mis alumnos.

Os podría contar batallitas sin cuento sobre mis andanzas. Tiré un montón de material inútil, incluyendo varios osciloscopios que ya no funcionaban pero que se guardaban de un año a otro, quizá con la esperanza de un milagro. Tuve que pedir permiso para jubilarlos por eso del inventario, pero por fin lo conseguí.

Más anécdotas: ahora que estamos tan preocupados por la protección de datos y todo eso, os sorprenderá saber que en un archivo metálico había un montón de fichas de alumnos que databan de los años ochenta. Creo que hasta vi la ficha de una ex (no, no os diré sus notas, cotillas). No muy lejos había un ordenador destinado para hacer los ajustes lineales por mínimos cuadrados. ¿Sabéis cuál era? Un 286. El señor Pentium no había nacido todavía, y el mundo era verde sobre negro.

En fin, resumiré diciendo que, tras una larga y cuidadosa limpieza, las cosas comenzaron a mejorar. Después utilicé los recursos que tenía a mano para reparar y clasificar prácticas, comprar material nuevo y reorganizar el laboratorio. He cedido material que no necesitaba y he aceptado el de otros laboratorios.  Ayudó mucho el Programa de Apoyo a la Docencia Práctica, que desde hace varios años me ha permitido comprar y modernizar varias prácticas. También el Departamento me ha soltado algo de pasta; poca, pero todo cuenta, y justo un par de días antes de descubrir los cadáveres de los dos tubos fluorescentes hechos migas en el suelo terminé de enviar mi último Proyecto de Innovación Docente (que mola mucho y si me lo conceden me va a quedar un laboratorio de flipe totao, pero ya os lo contaré otro día).

Como resultado de todo, el laboratorio está tan decente que tengo problemas para decidir qué práctica pedir el año que viene. Solamente me falta que me cambien las ventanas y las luces del techo, me decía a mí mismo en tono optimista; y si algún día la Junta de Andalucía se toma las cosas en serio y nos abona de una vez el pastizal que nos debe a la Universidad no veas lo que podremos hacer.

Eso pensaba el viernes al llegar al trabajo. Una hora después, después de haber visto una de las luminarias por los suelos y de haber barrido los trocitos de vidrio de los fluorescentes rotos, tengo algo de bajón. No sólo temo por mí (que tengo otra lámpara justo sobre la mesa del profe) sino por mis alumnos.

Hoy lunes (fecha en que he programado esta entrada) tenemos la primera sesión de prácticas. Confío en que, cuando el próximo fluorescente decida rendirse a las fuerzas gravitatorias tenga la atención de advertir con un crujido o algo así.

Ah, una cosa más. Acabo de recordar que esos osciloscopios que iba a tirar al final los guardé en un armario. En el fondo reconozco que les tengo cariño, por eso de la cosa vintage y tal, pero si alguien quiere uno que se pase algún día y se lo regalo. Eso sí, el ordenador 286 todavía tiene vidilla, y no pienso soltarlo ni a punta de escopeta. From my cold, dead hands.

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