Reflexiones desde la torre de marfil IV: quién gana, quién pierde

Torre nocturna
Mañana será otro día

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Ahora viene la parte en la que hablo de los intereses creados. Se trata de algo en lo que no se suele caer, pero que está en el trasfondo de muchas decisiones tomadas en la Universidad pública española. Es muy sencillo: la docencia online cambia completamente el paradigma de la educación universitaria; y mira que no me gusta la palabra paradigma, pero creo que aquí viene muy bien.

El paso a docencia online, y con eso no me refiero a algunos cursos MOOC o webinares sin valor académico sino al uso masivo de las herramientas telemáticas, cambia las reglas de juego de varias formas. Aquí se me ocurren algunas, junto con una explicación de por qué hay oposición a su adopción.

El profesorado. Si un alumno tiene acceso online a las clases del profesor del grupo A y a las del grupo B, ¿qué hará? Pues escoger las del mejor, entendiendo como tal el que mejor explique, tenga las clases mejor preparadas y/o conecte mejor con los alumnos. Eso lo he visto hacer a alumnos de la UNED, donde se corre la voz de que este profe explica muy bien o ese otro tiene unos apuntes más claros. El alumno ya no estará atado a un profesor sólo porque le toque ese grupo. ¿Problema? Los malos profesores quedarán en evidencia. Sus clases no serán algo que se queda en el aula, sino que será algo de dominio público (por mucho que legisles en contra), y mucha gente se apercibirá de ello… incluidos los responsables de la calidad, los defensores del alumno, la ANECA y similares.

Relaciones profesor-alumno. Aquí podría hablar y no parar sobre las mejoras en la docencia: comunicación más fluida, mejores tutorías… es empezar y no parar. Diré sólo una cosa: las asignaturas no estarán tan limitadas por el tamaño del aula. De repente un profesor puede dar clase a centenares de alumnos simultáneamente, cada uno de ellos en su casa. Por supuesto eso no garantiza automáticamente una docencia masiva de calidad, ya que un profesor todavía tiene que atender a los alumnos de muchas formas (tutorías, exámenes, seminarios, etc), y eso requiere tiempo y esfuerzo; pero como mínimo, ya no estamos sometidos al viejo cliché de un profe, una clase. ¿Inconvenientes? Habría menos necesidad de profesorado, lo que se traduce en menos influencia (o poder, si queréis) para departamentos y facultades; también sería una tentación para aumentar los ingresos por matriculaciones mientras se reducen los costes de personal. Eso puede ser la muerte a pellizcos para las universidades públicas (¡no digo ya para las privadas!), y existe el riesgo de que la cortedad de miras de algunos ahoge las ventajas potenciales. Y ya que hablamos de aulas…

El aulamen (que diría Forges). La mayor parte del espacio de una Universidad la forman las aulas. Una docencia online eliminaría la necesidad de tanto edificio en el centro de las ciudades, y eso podría ser aprovechado por las buenas universidades. ¿Os imagináis el dineral que pueden obtener sólo con los terrenos? Tampoco quiero alentar a nadie a dar un pelotazo urbanístico, pero lo cierto es que se podría atender online a los alumnos que tenemos ahora con muchos menos edificios e instalaciones. Recuerdo que, cuando la Universidad de Jaén se creó, la de Granada tuvo que montar un montón de grados de ingeniería para suplir los que había perdido, y eso significó, por supuesto, edificios y aulas. Por supuesto, habrá inconvenientes. Conociéndonos, el primero es ese, el del pelotazo, seguido de una obsesión por competir a toda costa (¿que la universidad de al lado tiene tres grados de ingeniería? Pues nosotros siete, hala). Luego está el temor a que se considere que una Universidad físicamente pequeña también lo es en general. Pero los bancos, por ejemplo, son más grandes que nunca, y eso a pesar de que cierran sucursales todos los días. Ellos no necesitan una oficina en cada esquina para que los clientes vayan a actualizar la cartilla. Pues lo mismo para las Universidades.

Y aún veo otro problema más grande para que se adopte la enseñanza online con carácter general.

Se ha comentado, y mucho, en los círculos estudiantiles sobre la faceta que suele denominarse eufemísticamente como “impacto económico”. Actividades aparentemente no productivas (digamos una carrera de veleros o una institución universitaria) se justifican porque tienen impacto económico, es decir, crean puestos de trabajo, atraen inversiones y genera impuestos. ¿Acaso los países pugnan por albergar la próxima olimpiada por amor al deporte? ¿Una cuidad quiere tener un acelerador de partículas o un gran observatorio por amor a la ciencia? Ojalá. Lo hacen por la pasta que eso mueve.

Incluso si nos limitamos a la vertiente docente, una universidad es un motor económico indudable para una ciudad. Significa miles, quizá decenas de miles, de estudiantes, gente que en buena parte viene de otras ciudades; y eso son muchos pisos alquilados, muchos bares llenos (ahora algo menos llenos con eso de la pandemia), muchos supermercados vendiendo comida, muchos… bueno, mucho de todo.

El efecto del impacto económico que no debe menospreciarse, y estoy convencido de que ha calado hondo en muchas decisiones tomadas durante este año de pandemia en el seno de la comunidad universitaria. Mi propia Rectora lo dejó claro en un editorial allá por junio pasado: “Con 60.000 estudiantes, de los que algo menos de la mitad vienen de fuera de la provincia, la UGR tiene un impacto económico, social y cultural en su medio”. Sobre todo económico. Y Granada no es la única ciudad cuya universidad es su principal empresa, su fuente de ingresos fundamental. No quiero pensar mal, pero creo que el motivo fundamental por el que algunas universidades han impuesto presencialidad máxima en las clases prácticas es precisamente para mantener a los alumnos en la ciudad; y prefiero no dar nombres.

Sigamos elevando el listón. Si cualquier estudiante pudiese cursar su educación universitaria desde su casa, su ciudad, su pueblo, su país, es evidente que la ciudad universitaria en cuestión perderá mucho negocio y sufrirá el impacto a todos los niveles. La propia Universidad perdería ingresos (pensemos en el bar de la facultad, los comedores universitarios y cosas así), si bien seguiría llegando dinero para pagar al profesorado (vale, y al PAS), comprar material, cosas así. Pero todo eso depende de que los alumnos se matriculen.

Hasta ahora, las posibilidades de matricularte en una u otra universidad se basan sobre todo en si te lo puedes permitir económicamente. Un alumno de Málaga o Badajoz que quiera cursar Derecho en Deusto, o Física en Granada (hala, barriendo para casa, Arturo) puede que tenga que conformarse con los estudios que tiene la universidad de su ciudad, quizá menos prestigiosas pero más asequibles. Como resultado, muchas universidades españolas cuentan con una especie de clientela cautiva con la que saben que pueden contar. Sobre el papel puedes escoger libremente, pero en la práctica acabas quedándote en el Mercadona del barrio en lugar de irte al otro extremo de la ciudad para comprar en el Carrefour.

Pero claro, si puedes comprar en Carrefour sin salir de casa, la cuestión de la proximidad o lejanía geográfica deja de tener tanta importancia, así que ¿y si el chaval de Baza que quiere cursar Física decide que, puestos a estudiar a distancia, prefiere hacerlo en la Universidad de Málaga? ¿O en la de Sevilla? ¿O en la Politécnica de Barcelona? ¿Qué hará ese alumno, acostumbrado a que Amazon le traiga los auriculares desde China a la puerta de su casa?

La respuesta es clara: escoger libremente. Decidirá que facultad tiene mejores profesores, mejor sistema educativo, mejores clases, mejores prácticas online, mejor ambiente de trabajo, mejores posibilidades de empleo futuro. Las universidades se verán abocadas a (¡cielos!) hacer las cosas bien: ofrecer becas, cursos de calidad, asegurarse la calidad de la docencia, controlar que los profesores den buenas clases; ese tipo de cosas que tanto importa en el sector privado.

Y en ese momento, adiós a la estructura del sistema universitario público español. Se acabó eso de tener una universidad en cada capital de provincia. Si quieres atraer clientela, tendrás que ser bueno. Se acabó eso de mantener profes vagos, dar clases con transparencias de acetato y explicar temarios de los tiempos en que el Mar Muerto ni siquiera estaba enfermo.

¿Pica? Por supuesto. ¿Va a doler? Sin ninguna duda. Pero como dije anteriormente, a veces hay que escoger entre el menor de dos males. Podemos ser valientes y actualizar el paradigma de la educación universitaria o podemos quedarnos en lo de siempre. Tenemos una crisis remodelando nuestra sociedad a todos los niveles. No podemos limitarnos a cerrar los ojos y confiar en que todo termine. Porque la vieja normalidad no va a volver.

De corazón te lo digo, compañero profesor: no va a volver.

Un comentario en “Reflexiones desde la torre de marfil IV: quién gana, quién pierde

  1. Hola Arturo.
    Me ha gustado mucho esta entrada y también las otras tres de la serie. Estoy de acuerdo con casi todo lo que dices. Y sobre todo, creo, como tú, que estamos ante una estupenda oportunidad de repensar la Universidad. Creo que esta crisis ha dejado en evidencia ciertas cojeras importantes en nuestro sistema de educación superior. Solo cuando nos hemos visto sometidos a cierta tensión hemos comprobado que no somos tan buenos como creíamos…

    Dicho esto quería preguntarte si tú tienes claro que la educación virtual es mejor que la presencial. Es una pregunta compleja, lo sé. Acoto un poco más: en tu larga experiencia como profe de física, ¿tienes evidencias o impresiones que te hagan afirmar que la enseñanza virtual es más efectiva para conseguir los objetivos de aprendizaje? o dicho de otra forma, ¿crees que tus alumnos han aprendido más y mejor en estos cursos virtuales que estamos viviendo?. Yo también soy profe de universidad (entre la UGR y la UCO), pero tengo mucha menos experiencia. Así que no me siento capaz de responder con un mínimo de rotundidad.

    Gracias por tu dedicación. Aprendo mucho leyéndote 🙂
    Saludos.

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