¿Cuántas horas deberías estudiar?

Estudiar lo justo, ni más ni menos

Siempre sucede igual. Llegas a clase, atiendes, tomas notas, resuelves problemas… y luego te vas a casa a estudiar. En teoría, el estudio ha de ser continuado para ir asimilando los conocimientos, pero en la práctica muchos alumnos tienden a dejarlo todo para el final. Sucede entonces lo de siempre: no hay tiempo para nada, todo es empollar a lo loco, y con un poco de suerte apruebas. Con un poco de suerte apruebas, y si no, bienvenido al sistema de estudio ECTS: Este Curso, Todo Suspenso.

Bien, alumno responsable y planificador, veo que tú no eres como los demás y has decidido prepararte desde el día uno. Tienes tus calendarios, tus horarios marcados con rotuladores fosforitos de colores, te has mentalizado a ser constante y a trabajar duro todos los días. Magnífico. Salvo que en cuanto te sientas en la silla te entrará una duda que no sabrás responder: ¿cuántas horas tengo que estudiar cada día?

Buena pregunta. La primera respuesta que se me ocurre es “pues depende, chico”. Depende del tipo de carrera, de cuántas veces hayas repetido, de si tienes problemas para asimilar conocimientos o eres la típica esponja que lo absorbe todo. Incluso para una persona y asignatura dada, habrá temas que te resultarán fáciles y otros que no te entran ni a martillazos.

Todo eso hace difícil dar una respuesta, pero no imposible. Del mismo modo que McDonalds se las apaña para saber cuántas hamburguesas se venderán en el burger de tu barrio aunque no sepan cuánta hambre tienes, existen procedimientos estadísticos para determinar cuánto esfuerzo debe dedicar un alumno para sacar una carrera. Seguro que hay muchos estudios sesudos sobre el tema, pero en su lugar voy a aprovechar mi experiencia y te contaré una pequeña historia.

Érase una vez que las asignaturas se medían en los llamados créditos LRU. Un crédito equivalía a diez horas de clase. Eso significa que, por ejemplo, la asignatura “Física General” que yo impartí en la vieja licenciatura de Química en Granada tenía 10+3 créditos (10 de teoría y 3 de prácticas de laboratorio). Eso servía muy bien a los departamentos para repartir la carga docente y a los profesores para saber cuánto les tocaba currar. En mi caso, eran 100 horas de teoría y 30 de prácticas.

Llegó el momento en que nos tuvimos que equiparar con Europa, y para ello apareció una nueva medida de esfuerzo que facilitará a los alumnos moverse de un país a otro, y a los profesores saber si este belga o esa finlandesa han trabajado en su país o no: el crédito ECTS (European Credit Transfer System). No podían limitarse a decir “un crédito ETCS igual a tantas horas lectivas” porque hay muchas formas de enseñar y evaluar a los alumnos. ¿Cómo contamos las actividades de seminario, las salidas de campo, los trabajos escritos, todo en definitiva?

La filosofía consistió en considerar un crédito como una unidad de trabajo por parte del alumno. El Real Decreto 1125/2003 indica que el crédito “representa la cantidad de trabajo del estudiante para cumplir los objetivos del programa de estudios” y en él “se integran las enseñanzas teóricas y prácticas, así como otras actividades académicas dirigidas, con inclusión de las horas de estudio y de trabajo que el estudiante debe realizar”. Según eso, hay que incluir todo lo que hace el alumno para aprender, incluidas horas de tutoría, de estudio y de preparación de exámenes.

Vale, pero ¿cómo se mide eso? O dicho de otro modo, ¿cómo pasar del crédito clásico al ECTS? Nunca hubo un “tipo de cambio fijo”, y de hecho sigue sin haberlo. Diversos estudios europeos fijaron en 1.500-1.800 horas el esfuerzo de trabajo que debe realizar un estudiante para superar satisfactoriamente un curso académico Lo que hizo el RD fue partir de esa cifra, y a continuación estableció que un curso académico tendría 60 créditos. Eso da una equivalencia de un crédito ECTS por cada 25-30 horas de esfuerzo por parte del alumno, es decir, una horquilla variable.

A partir de ahí, y aunque había algunas directrices generales, cada uno se las apañó por su cuenta. En Andalucía se hizo una prueba piloto, tras la cual se estimó que cada hora de teoría llevaba asociada 1,5 horas de estudio, y cada hora de prácticas 0,75 horas de trabajo en casa. Eran cantidades flexibles, que podrían modificarse si fuese necesario, y por favor no me pregunten de dónde salen porque no lo sé.

En 2004/05, el primer curso que impartí con el nuevo sistema, los 10+3 créditos LRU de mi asignatura se convirtieron en 13,36 créditos ECTS. También asignamos una cierta cantidad de horas al trabajo del estudiante de la siguiente forma:

Horas presenciales (teoría) 70
Horas presenciales (prácticas) 30
Horas de estudio (teoría) 105
Horas de estudio (prácticas) 22,5
Preparación de exámenes 66,7
Horas de tutoría 6
Otras actividades académicamente dirigidas 56
TOTAL 356,2

A partir de aquí construimos nuestro crédito ECTS de esta forma: sumamos las horas presenciales de teoría y prácticas, le añadimos la mitad de las horas de exámenes, y el resultado lo dividimos por diez. Eso nos da un total de 13,36 créditos ECTS, que para un total de 356,2 horas da una equivalencia de 1 ECTS = 26,66 horas de trabajo.

Puede sonar algo raro, pero tenía su lógica. La idea era obtener un ETCS entre 25-30 horas, según marcaba la ley, y eso ya nos salía. Por otro lado, ahora cada crédito contendría 10 horas entre asistencia a teoría, a prácticas y preparación de exámenes (con factor 0,5 en ese caso). No sería el antiguo “un crédito igual a diez horas de teoría” pero casi.

Según eso, por cada hora de teoría habría que dedicar 1,5 horas a estudiar y casi una hora más a preparar el examen, es decir: 2,5 horas de hincar codos por cada hora de clase teórica.

Años después se pasó de la licenciatura al grado. Algunas cosas permanecieron, como la equivalencia de 60 créditos por curso, y otras cambiaron. Mi asignatura pasó a tener 12 créditos de 25 horas cada uno; el porcentaje de horas presenciales de teoría y prácticas pasó al 40%; se adoptó un nuevo baremo de estudio según el cual cada hora de clase requería 0,8 horas de estudio; y con otras modificaciones, necesarias por las nuevas normas de los títulos de grado, esto fue lo que salió:

Horas presenciales (teoría) 100
Horas presenciales (prácticas) 20
Horas de estudio (teoría) 80
Horas de estudio (prácticas) 15
Preparación de exámenes 45
Horas de tutoría 10
Otras actividades académicamente dirigidas 30
TOTAL 300

Este nuevo cuadro nos deja 80+45 horas de preparación para 100 horas de teoría, lo que se traduce en 1,25 horas de hincar codos por cada hora de clase teórica. Eso son unos 75 minutos en total, concretamente 48 minutos de estudio continuado y 27 minutos de preparación al examen. Esto nos da un baremo en el que basar nuestra pregunta de cuánto hay que dedicar al estudio de una asignatura.

Si no sabéis cuántas horas de teoría y prácticas tenéis en una asignatura dada, fijaos en algo que no es casualidad: mi asignatura tenía 12 créditos ECTS, y 120 horas presenciales (100 teóricas y 20 prácticas). Eso significa que volvemos al criterio “un crédito = 10 horas teóricas” aunque modificado para significar “un crédito ECTS = 10 horas presenciales y todo lo demás de seminarios, tutorías y etcétera”.

No es un requisito del sistema ECTS y nadie obliga a ello, pero así es como se ha evolucionado en gran parte de las universidades españolas; por comodidad, imagino; así que si no sabéis cuántas horas presenciales tiene una asignatura, una buena regla es sumad el número de créditos ECTS (teóricos + prácticos), y divididlos por diez.

Mi recomendación, por tanto es esta: por cada hora presencial dedicad una hora y cuarto (75 minutos) a estudiar; entendiendo “estudiar” como leer, subrayar, hacer esquemas, repasar, y en general todo aquello que os ayude a fijar conocimientos. Esa hora y media podéis repartirla según la proporción 2:1 entre estudio diario y exámenes, es decir: 50 minutos el día que habéis tenido clase, y 25 minutos en el período de exámenes.

Una advertencia: esto es sólo una recomendación genérica. Podéis, y debéis, flexibilizarla en función de vuestras circunstancias personales, no vayáis a piñón fijo con ella. Por ejemplo, si tenéis clases de una asignatura todos los días podéis dedicar 100 minutos cada dos días en lugar de 50 minutos cada día; o echarle más tiempo a una asignatura más difícil a costa de otra que os parezca más fácil; o dedicar más tiempo los días que tengáis prácticas de laboratorio. Y por supuesto, podéis estudiar algo menos de lunes a viernes y echarle codos el fin de semana.

La decisión es vuestra. Es una de las muchas que tendréis que tomar en la Universidad. Escoged sabiamente.

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